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novedades 01.03.2026

Extraordinaria presentación de la Sinfonía Leningrado

James Conlon y la Filarmónica de Buenos Aires ofrecieron un concierto excelente

 

Inmejorable comienzo de la 80ª temporada de la Filarmónica de Buenos Aires

La voluntad infinita. Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Director: James Conlon. Programa: Shostakovich: Sinfonía Nº7 en Do mayor, op.60, “Leningrado”. Teatro Colón. Nuestra opinión: excelente

Pablo Kohan, para La Nación

El primer concierto de temporada de una orquesta tiene una significación especial. Para estas ocasiones inaugurales, son tomados en cuenta con mayor detenimiento el programa a llevar adelante, la presencia de algún solista prestigioso y, fundamentalmente, la elección del director que tendrá a su cargo, precisamente, un concierto de una trascendencia tan singular. En el caso de la Filarmónica de Buenos Aires, además, se estaba dando comienzo a la octogésima temporada, un número redondo y nada menor que le daba al evento, incluso, una mayor relevancia.

Se tomaron dos decisiones cardinales, ciertamente muy convenientes. Se contrató a James Conlon, un director estadounidense de una historia brillante tanto en lo estrictamente musical como en esas dificultosas aventuras que son las de la gestión cultural. Es razonable pensar que debe haber sido él el responsable de la segunda gran decisión. En este concierto se prescindió de solistas y se interpretó una única obra, la monumental Sinfonía Nº7, “Leningrado”, de Shostakovich. Y para decirlo de un modo taxativo y que no admita ninguna duda, el concierto ofrecido este sábado, por la Filarmónica de Buenos Aires fue excelente, intenso y conmovedor. Shostakovich estuvo en las mejores manos.

Primer concierto de la temporada 2026 de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires

A lo largo de un poco más de ochenta minutos, la Filarmónica demostró que cuando es conducida por un gran artista puede afrontar los desafíos más complejos como, por ejemplo, los que implican darle vida a una obra tan intrincada y dificultosa como es la Sinfonía “Leningrado”. Esta obra ciclópea fue escrita por Shostakovich en Leningrado, en condiciones extremas, en 1941, cuando la ciudad fue sitiada por la Wehrmacht nazi sumiéndola en una situación atroz dado que, más allá de lo estrictamente bélico, esto es los bombardeos y ataques constantes y a mansalva, sus habitantes debieron sufrir las terribles consecuencias del hambre y el frío extremo. En esta obra programática y sólo con sonidos, Shostakovich, un compositor definitivamente superior, narra, a su manera, la vida anterior al asedio, el avance sostenido y porfiado del ejército invasor, los recuerdos de la vida anterior al suplicio, el responso por las víctimas y, por último, un final victorioso, toda una declaración de optimismo ya que el desolador e inhumano cerco habría de finalizar dos años después de concluida la composición.

En el comienzo, en un español comprensible, para quienes desconocían el contexto, James Conlon consideró necesario aclarar la historia del sitio de Leningrado y cómo Shostakovich lo describió en los cuatro movimientos. Tras dejar el micrófono, tomó la batuta con su mano derecha y sin coreografías teatrales o vistosas de ningún tipo, dirigió a la orquesta porteña para que se alcanzara un nivel de calidad excepcional. Su mano maestra se pudo percibir ya en la intensidad musical y emocional lograda con el unísono inicial, una amplia melodía introductoria de ámbito extenso y ángulos insólitos. La expresividad y las certezas brotaron naturales desde la orquesta denotando una mancomunidad explícita entre el director y los músicos.

James Conlon, al frente de la Filarmónica

Se podrían enumerar una a una las distintas lecturas y resoluciones musicales que aplicó Conlon para cada movimiento y para cada segmento de esta obra pero podrían resumirse en una síntesis de las concepciones generales que trajo a colación este estupendo director de orquesta. Su interpretación supo extraer la solemnidad, la introspección, el drama, el dolor, la vitalidad, la poesía y la épica según los “dictados” de la partitura. La sinfonía tuvo nervio y lirismo, sonó estruendosa e íntima y Conlon siempre tuvo un absoluto control de cada situación. Misterios que sólo los grandes directores saben cómo lograr, aun en los momentos de mayor densidad, se podían percibir nítidamente los detalles tímbricos, las polirritmias y los contrapuntos más delicados.

Claro, para que todo saliera como salió, contó con la complicidad de todos y cada uno de los músicos de la Filarmónica, que tuvieron la capacidad y el talento para saber trasladar las indicaciones y las ideas del director a sonidos concretos. Podríamos ponderar a todos los solistas de la orquesta a los cuales Shostakovich les dedica pasajes especiales pero parece más justo y atinado elogiar a la orquesta en su conjunto. Vaya como ejemplo el pertinaz crescendo del tema invasor del primer movimiento -magistralmente, Shostakovich lo plantea en Mi bemol mayor, una tonalidad alemana “invasora” por sobre el “ruso” Do mayor inicial- que fue alcanzando niveles de intensidad descomunales sin que, por ello, degenerara en un estrépito altisonante o vacuo.

La ovación que se descerrajó tras el acorde victorioso del final fue grandiosa. En el Colón se había vivido una interpretación sobresaliente de una obra que, en versiones corrientes, es sólo extensa y algo reiterativa. Con Conlon y la Filarmónica se pudieron percibir toda su magnificencia, su poesía, su profundidad y su inmensidad. Como concierto inaugural, fue todo un acontecimiento. El listón que han dejado para el resto de la temporada es muy alto. Con buenos directores y solistas y con programas bien seleccionados, la orquesta podrá seguir ofreciendo noches memorables. Su calidad y su presente son incuestionables.

 

Fuente: LA NACION - Espectáculos - Domingo 1º de marzo de 2026

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